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Pero recuerden que hoy no deja de ser otro día cualquiera.
Llega un grito a través del cielo. Ya ha ocurrido otras veces, pero ahora no hay nada con que compararlo.
Hace unas fechas, el Ayuntamiento de Salamanca utilizó una frase de mi bisabuelo ("venceréis pero no convenceréis"), en una supuesta reivindicación cultural del botín de guerra, ahora llamado "papeles de Salamanca".
Ahora nos encontramos con una cita de don Miguel en la felicitación navideña del alcalde de Madrid.
Ante tanta deferencia hacia mi antepasado por parte de los alcaldes del Partido Popular, no me ha quedado otro remedio que intentar corresponder a estos señores utilizando, eso sí, el acervo cultural de sus antecesores.
Mi problema es que me cuesta mucho encontrar el ámbito cultural adecuado donde colocar el "viva la muerte" de Millán Astray, o los villancicos navideños del señor Álvarez del Manzano.
Por su parte, María José Henares, desde Madrid, comenta el peculiar sentido de la justicia del ministro del ramo, que se atreve a evaluar positivamente el sistema penitenciario de Marruecos, obviando que en su negociado se cometen atropellos como los deAhmed Tommouhi. María José escribe lo siguiente:
Con motivo del 50º aniversario de la independencia de Marruecos, el rey Mohamed VI ha concedido un indulto del que se han beneficiado 66 españoles. El ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, al tiempo que aprecia el gesto del Gobierno de Marruecos, lo pone como "ejemplo de que la diplomacia y la proximidad también pueden ayudar a personas de carne y hueso".
Esta actitud humanitaria del ministro no se corresponde con la que mantiene al no resolver el indulto para Ahmed Tommouhi, pedido por el fiscal de Cataluña José María Mena hace más de seis años.
Tommouhi no sólo es de carne y hueso, sino que, además, es inocente. Así se demostró, al menos, en una de las cuatro causas de robo y violación por las que había sido condenado. La detención, años después, del verdadero culpable, de gran parecido físico con Tommouhi, y el incuestionable resultado de unos análisis de ADN obligaron al Tribunal Supremo a la anulación de la sentencia que se había basado en la contundencia de su identificación por parte de la víctima como única prueba.
Pero en los demás casos no se habían conservado restos que analizar y el Supremo denegó su revisión. Según dictaminó, en junio de 2000, nuestro ordenamiento jurídico, todavía hoy en vigor, sólo autoriza el recurso de revisión cuando hay pruebas que evidencian el error, y en este caso sólo había "dudas razonables". La razón quedó supeditada a la justicia formal, y Tommouhi, en la cárcel.
No obstante, el Supremo recomendaba el indulto como única salida legal, pero ésta es la que los políticos le niegan. Tendrían que firmar el indulto para un condenado por violación o reconocer que el sistema judicial ha incurrido en una serie de errores que mantienen a un inocente en la cárcel desde hace más de catorce años.
Y, ante esto, es mejor mirar para otro lado, apoyar indultos en otros países que, ya se sabe, tienen un sistema judicial y penitenciario sospechoso, como mínimo, de no respetar los derechos humanos. La perfección del nuestro nos permite, legalmente, tapar los errores judiciales con un simple silencio.
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Para su primer disco firmado con su sólo nombre desde hace casi veinte años, Ry Cooder ha escogido hacer una obra temática: la crónica de la desaparición de un barrio pobre y latino en las afueras de Los Ángeles, sobre cuyos cimientos se construirá un gran estadio de béisbol que acogerá al equipo de los Dodgers, recién mudados de New York.
Hemos dicho temático, que no monotemático: ni emocional ni musicalmente este disco de Cooder es como el color de las fotografías del libro que lo inspiraron: en blanco y negro. La sensación que domina en la escucha es la de una cierta nostalgia, pero también hay espacio para el humor e incluso la esperanza y musicalmente también es variado, aunque con claras influencias del sonido latino.
Las piezas que componen el disco hacen referencia al paraíso siempre perdido de los pobres, al anticomunismo – no olvidemos que estamos hablando de un disco “ambientado” en los cincuenta -, el boxeo, el rock’n roll – versión de “3 cool cats” de Leiber & Stoller – el fenómeno ovni - ¡de nuevo los cincuenta! – los retratos más o menos románticos, más o menos desolados, de perdedores – por momentos parece estar escuchándose al mismo Tom Waits – de beisbol – cómo no podía ser menos -, antes de acabar en una pieza bellísima que resume a la perfección el álbum: “soy luz y sombra”, o esperanza – que ya se sabe que es lo único que se pierde – y tristeza, pero siempre desde un punto de vista optimista.
Como resultaba poco menos obligado, la producción es espléndida y a la llamada de Cooder han acudido amigos como su propio hijo Joachim, Jim Keltner, Jon Hasell, el gran Lalo Guerrero – atentos a su estupendos “Corrido de boxeo” o “Barrio Viejo -, Chucho Valdés o Flaco Jiménez, entre otros. Una heterogénea nómina de colaboradores, como heterogéneo es este disco, desde ya a situar entre las principales obras de su autor.