Con desafortunado título nos ha llegado el último filme dirigido por un todavía joven e interesante director belga, Joachim Lafosse, que es un ajustado - por duración, por verosimilitud - retrato de matrimonio no ya en proceso de descomposición, sino totalmente descompuesto, pero que ha de convivir en la casa que compró la esposa - con el dinero de su família - y que rehabilitó en su totalidad el marido; éste estima que, por tanto, le corresponde el 50 por ciento del valor de la vivienda, razón por la cual se niega a abandonar el domicilio conyugal, mientras que ella considera que su aportación a la economía de la pareja - L'economie du couple es precisamente el título original de la cinta - ha sido inferior. Resulta notable la manera en que Lafosse, apoyado en sus dos magníficos actores principales, Bérénice Bejo y Cedric Kahn, este último también director de cine, consigue convertir lo que se intuye un día fue un idílico nido de amor - casi único escenario en el que transcurre la acción - en poco menos que una prisión en la que una asfixiante tensión sobrevuela cualquier momento, sea éste un desayuno familiar compartido con sus dos hijas o una cena con los amigos - que antes fueron comunes -, y cuando esa tensión parece atenuarse es para que aparezca un momento invadido de una sensación de irreparable tristeza como en ese instante en que los cuatro miembros de la familia ponen una escena una coreografía colectiva creada por una de las hijas, que deviene en un baile a dos de una pareja que, sin amarse está sin embargo condenada a vivir bajo el mismo techo y cargada de rencor.
Coda:
Después de nosotros puede verse, actualmente, en Filmin.
Escritor finés en lengua sueca, Westö sitúa el marco temporal de esta
novela, reconocida con el Premio de Literatura del Consejo Nórdico en 2014, en
1938, aunque en ella resuenan los ecos de la guerra civil finlandesa que se
libró entre enero y mayo de 1918. Aunque la acción se sitúa en Helsingfors, la
capital del país, es también claramente perceptible la situación europea: otra
guerra civil, en este caso la española, o la anexión de Austria y de buena
parte del territorio checoslovaco por parte de la Alemania de Hitler influyen
en las tertulias del llamado Club de los
Miércoles, grupo de amigos, todos ellos cuarentones y reputados
profesionales, que se reúne mensualmente.
Uno de sus fundadores, Claes Thune, abogado, es el principal
protagonista del libro, protagonismo que comparte con una mujer, la enigmática Matilde
Wiik, que entra a trabajar como su secretaria, quien sirve – entre otros
personajes – para establecer la continuidad entre la Finlandia de 1918 y la de
1938. Resulta imposible dar algún detalle de la trama sin que eso signifique
destripar la obra, en la que el autor, muy hábilmente y ganando seguridad
conforme la acción progresa, va por un lado detallando como los miembros del Club de los Miércoles van tomando
posiciones respecto al auge de Hitler – y como el gris y mediocre abogado
protagonista toma partido por primera vez en su vida y además de manera pública
- y por otro dibuja una historia de venganza y sacrificio, en la cual la
identidad de la víctima (y anterior verdugo) no es revelada hasta las últimas
líneas.
El director de esta película, François Ruffin, es redactor jefe de la revista francesa Fakir – que tiene como lema “la revista enfadada con todo el mundo. O casi” -, cuyos más de seis mil suscriptores han participado en la producción de la misma. Si bien se trata de un trabajo cercano a ese periodismo televisivo de denuncia que en nuestro país encarna Jordi Évole, hay otro modelo bien reconocible: el primer – y mejor – Michael Moore, el que aún no se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Así, en “Roger and me”, Moore trataba de entrevistar al presidente de General Motors sobre el cierre de una planta automovilística que condenaba al paro, a la pérdida de asistencia sanitaria, a la pobreza en definitiva a cientos de familias y, en el caso que nos ocupa, Ruffin trata de interpelar a Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia, propietario del imperio del lujo LVMH – Louis Vuitton, Moët Chandon, Kenzo,… - que ha desmantelado numerosos talleres textiles en el norte de Francia. Tras fracasar en el intento, decide ayudar precisamente, a un matrimonio de damnificados por ese cierre. Aunque chirríe esa comparación que él mismo hace – ante sus hijos – con Robin Hood, compensa con creces el humor que destila toda la cinta y la ternura con esa pareja, que provoca inevitablemente una sonrisa cómplice en el espectador.
En
la obra de Tomine – brillante dibujante, como testimonian sus portadas para The New Yorker – es fácil rastrear las
influencias de Chris Ware o de Jaime Hernández, aunque también de grandes
cuentistas estadounidenses contemporáneos como, principalmente, Raymond Carver.
Podemos apreciar la sombra de éste en Vamos,
búhos, uno de los relatos que componen esta colección, en el que la
relación de una pareja se demuestra – demasiado - vulnerable al peso del
pasado. Antes, ha habido tiempo para que, en un formato de tira diaria, Tomine
nos muestre el nacimiento y fracaso de una nueva manifestación artística, la
“hortiescultura”, y el impacto que ésta tiene en su creador y en su familia:
tanto por ese mencionado formato, como por el tipo de humor, tampoco resulta
difícil emparentar esta historia con los Peanuts
de Charles Schulz, otra influencia manifiestamente reconocida. Una familia es
también la principal protagonista del posiblemente mejor relato de la obra, Triunfo y tragedia, en el que un padre y
una madre adoptan diferentes posturas
ante la pretensión de su hija de dedicarse a ser monologuista cómica.
Encontramos aquí el mejor ejemplo del trabajo del autor de Rubia de verano como el uso de la elipsis o el empleo de viñetas
estáticas y a la vez enormemente expresivas. Aquí, ese “mundillo” de cómicos en
ciernes en el cual se desarrolla la trama y esa convivencia en lo narrado de
humor y sordidez, seguro que serán del gusto de quien disfrute con Louis C.K.,
por ejemplo. Para esta muy cuidada edición en castellano, se ha escogido como
título el del relato que cierra el volumen y que está dedicado a Yoshihiro
Tatsumi, en el cual el protagonista, sin motivo aparente, vuelve a entrar –
repetidamente - en su antigua casa, cuando sus actuales propietarios no están
en ella. Se trata, pese a su brevedad, de un relato que se intuye muy trabajado,
especialmente por lo que respecta a la tensión que se respira y que va
aumentando de manera imperceptible. En conclusión, un trabajo plenamente
recomendable, bien representativo de su autor, quien ha alcanzado una
equilibrada madurez en todos los recursos que emplea.
"Hay un sudor nazi: frígido, diferente al de los bolcheviques, a su pesado olor humano de marchas largas sin mudas de recambio. Diferente también al sudor de los que están en el paredón, de muchos, no de todos, porque no todos sudan en ese moment. Franz Jägerstätter, por ejemplo, cuando lo decapitaron porque su conciencia de católico no le permitía ser un soldado del Tercer Reich, parece que no sudó. Estaba fresco, tranquilo. Fastidiado, claro está, por tener que morir, cabreado, pero no histérico ni confuso; si su esposa hubiera estado allí, junto a él, y si hubiera tenido la oportunidad, probablemente le habría hecho el amor como siempre y nada mal, como lo había hecho durante toda su vida, entre la envidia de sus paisanos. La fe, está escrito, mueve montañas; cierto, mueve las suprarrenales".
"A partir de cierto momento, el momento del Arte Contemporáneo precisamente, es como si se hubiera entablado una carrera entre la obra de arte y la posibilidad técnica de su reproducción, Y quizás esta carrera, esta huida hacia delante, es la que está dictando la forma que toma la obra de arte. La obra de arte contemporánea se hurta a la reproducción técnica en la misma medida en que ésta avanza y se perfecciona. La obra se vuelve obra de arte, hoy, en tanto se adelanta un paso a la velocidad de su reproducción..."
Noches blancas es una novela corta de Fiodor Dostoievski – NordicaLibros acaba de publicar una notable edición ilustrada, por cierto – que ya ha
tenido dos recomendables adaptaciones cinematográficas: la primera, a cargo, de
Luchino Visconti y una segunda, dirigida por Robert Bresson que lleva por
título Cuatro noches de un soñador.
Vecchiali reinterpreta el original literario de manera muy personal, propia de
quien, a sus ochenta y cuatro años, es un francotirador creativo dentro de una
cinematografía como la francesa en la que éstos no escasean precisamente: la
puesta en escena es radicalmente ascética – en la línea de su admirado y ya
mencionado Bresson -, con apenas dos personajes - Astrid Adverbe y Pascal
Cervo, perfectos - que se encuentran – y reencuentran – en el muelle de una
pequeña localidad de la Costa Azul – que sustituye al original Canal de San
Petersburgo -, un escenario que el espectador apenas llega a atisbar y que ha
de intuirse por los cambios de la luz que se proyectan sobre los protagonistas,
por el sonido del mar o del peculiar ruido de los barcos amarrados… Como las
adaptaciones clásicas de la pareja Straub y Huillet o el Rohmer de La marquise d’O y de Perceval le Gallois, Vecchiali utiliza
el punto de partida de un material ajeno para subrayar, para reivindicar, su
propio carácter creativo radicalmente libre.
Afrontaba
la lectura de esta nueva novela del estajanovista Camilleri con notables
expectativas: la última entrega de la serie Montalbano editada por aquí, Un filo de luz, me había dejado un buen
sabor de boca, después de un par – o más, pero la memoria me obliga a ser
generoso – de títulos que se dirían escritos con el piloto automático.
Es por
ello que me he sentido decepcionado. La promoción de la obra habla de un
western siciliano, la trama es atractiva: los Sacco son una familia siciliana que ha ido
prosperando con esfuerzo al inicio del siglo XX, aparece la mafia y trata de
extorsionarles, los Sacco deciden no acceder y enfrentarse a ellos, sin
embargo, la policía no colabora y ellos mismos se convierten en una especie de
forajidos (de ahí el título).
Aunque
estamos refiriéndonos a sucesos que efectivamente ocurrieron y que algún testigo de los mismos ha hecho
llegar al propio escritor, lo cierto es que la obra no llega a funcionar ni como
novela – si así puede definirse - pues le falta ritmo, ya que no es más que una
sucesión de episodios sin apenas transición entre ellos, ni como crónica,
puesto que el estilo es más bien frío y epidérmico.
Uno no puede menos que acabar la lectura de La banda de los Sacco añorando a Sciascia, pero también al ya mencionado Montalbano. Buenas
noticias: en Italia parece que se han publicado un par de entregas más de la
serie. Seguiremos confiando…
"Todavía no he estado nunca en un partido donde no haya sabido el resultado de antemano, antes de que mi equipo se haya vestido de corto, antes de que haya sonado el pitido inicial, antes de que el balón haya empezado a rodar; conozco el resultado conozco la respuesta.
Porque los miro a los ojos. Porque miro a sus corazones.
Ningún misterio. Hoy no. Ni hoy ni ningún otro día. No aquí.
Ni en sus ojos. Ni en sus corazones.
Allí no hay misterio. Solo respuestas.
En los ojos. En los corazones.
Porque en nuestros ojos y en nuestros corazones ya hemos perdido, ya estamos condenados".
El pasado martes falleció el director de cine italiano Ettore Scola. El pasado mes de mayo escribí estas líneas sobre su última película para Ruta 66, las cuales, con algunas mínimas modificaciones, reproduzco a continuación:
Esta última película de Ettore
Scola, que toma su nombre de un poema de Garcia Lorca – recitado, en castellano,
en su inicio -, se resiste a ser clasificada genéricamente: hay algo de
documental, de biografía y de autobiografía, de homenaje… Quizás lo más adecuado y justo sea decir que
estamos ante un retrato de la admiración que profesó Scola por Fellini desde
que lo descubriera, siendo un niño, como ilustrador y escritor en la revista
satírica Marc’Aurelio, a la que el
propio Scola se incorporó, finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando todavía
no era más que un adolescente. Allí coincidiría no sólo con el propio Fellini,
que ya había iniciado su carrera cinematográfica, sino con otros nombres que dieron
lustre al cine italiano de la época tanto a nivel popular como cualitativamente:
Steno, Age, Scarpelli, Ruggero Maccari…
Pero aparte de ese retrato
admirativo, también hay otro aspecto que se resalta en la cinta: la relación
personal entre los dos cineastas, principalmente mediante sus paseos
automovilísticos por la noche romana con los que el autor de La dolce vita combatía su insomnio, uno
de los cuales contiene quizás el mejor momento de la película: cuando embarcan a
una prostituta tan bella y optimista – le llaman “la Gioconda” porque siempre
sonríe - como ingenua.
Rodada en el mítico estudio 5,
dónde Fellini acostumbraba a filmar – y dónde, cómo se recuerda y recrea aquí,
recibiría honores póstumos -, el firmante de La familia juega como lo hacía su amigo y mentor con la figura del
narrador y el juego entre realidad y ficción en un proyecto tan personal como
indica el hecho de que en el guión del
mismo colaboren las hijas del propio Scola y sean sus propios nietos los que
incorporen a ambos directores en su juventud.
A
destacar finalmente el homenaje a Mastroianni – tercer vértice de su triangular
relación pues trabajaría con frecuencia con los dos realizadores -, así como la
inclusión de las pruebas para el personaje de Casanova en la película homónima
que realizaron Alberto Sordi, Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman.
"(...) Yo no era tan frío en realidad, pero en los ojos de los yonquis se pueden leer muchas cosas. Y todas ellas hablaban de la extinción en vida de hombres y mujeres. Era como si la muerte pasara a hacer la visita de rigor y se fuera sin estampar en la frente de la víctima el típico aviso. Como si se llevara el alma y el corazón, pero desechara el cuerpo lacio del superviviente por no tener valor. Los ojos saltones, las mejillas hundidas, la ropa desastrada que solía esconder brazos escuchimizados, con las venas azules y llenas de pus. Las caras de tonto con las que respondían a tus miradas inquisitivas al despertar de una cabezada en una postura imposible. Todas estas cosas eran parte de la vida de la gente con la gente que tenía que relacionarme. No había forma de escapar a las caras a las que la luz tenue les daba un aire familiar. Era innegable que se trataba de un antiguo amigo con un nombre y un motivo distintos para morir antes de tiempo".
La gira a la que alude el título es la de promoción por
parte de su autor, David Foster Wallace, de la novela La broma infinita, una obra ambiciosa de más de mil páginas de
extensión, que conocerá un éxito crítico y público mayúsculo (seis reediciones
en su primer mes). David Lipsky, también escritor, pasó con Wallace una semana:
había convencido a la revista Rolling
Stone para dedicar un reportaje al escritor con el argumento de que “hace
diez años que no se entrevista a un escritor en esta revista”. Habría de pasar
más tiempo aún: el reportaje no fue publicado, pero le sirvió a Lipsky para
escribir un libro tras el suicidio de Wallace, que sirve de base de este film.
Así, el inicio es el conocimiento por parte de Lipsky (a
quien incorpora Jesse Eisenberg) de ese hecho, lo que motivará que busque las
grabaciones de las conversaciones que mantuvo con Wallace (aquí, un esforzado Jason Segel): a partir de allí,
la película reconstruye aquellos días en los que convivieron ambos autores.
Como punto de partida supone un reto del que James Ponsoldt y su guionista
Donald Margulies saben salir relativamente bien librados, evitando convertir su
obra en un mero juego de réplicas y contrarréplicas ofreciendo un ajustado
retrato de la tortuosa personalidad de quien escribió Entrevistas breves con hombres repulsivos, una persona de una
inteligencia y sensibilidad excepcionales, extremadamente tímido y con
dificultad de manejarse en situaciones sociales “normales”. De la misma manera
que Lipsky evita interrogar a su admirado homólogo sobre su presunta adicción a
las drogas – para enojo del editor de Rolling Stone -, el film tampoco cae en
el recurso fácil al morbo y destacan momentos anecdóticos a la par que
reveladores como porque el escritor decide intercalar Foster entre David y
Wallace, el momento en el que, a la llegada a la emisora de radio en la cual va
a ser entrevistado, éste presenta a Lipsky como su amanuense, “el señor
Boswell”, y cómo tal es saludado, antes de llegar a la noche final en la que el
autor de Algo supuestamente divertido que
nunca volveré a hacer confiesa a su
interlocutor que su primer intento de suicidio se debió quizás “a que llevaba
una vida demasiado americana, a la convicción de que todo iría bien si hacía x,
y, z”.
Nota: Un interesante retrato de David Lipsky, en el cual hay
una mención a esa semana transcurrida en común, titulado “Los años perdidos y
los últimos días de David Foster Wallace” se halla en el muy recomendable volumen Conversaciones
con David Foster Wallace, editado por Stephen J. Burn, publicado en España
por la editorial Pálido Fuego.
Otro año más se
me ha escapado conmemorar el aniversario de este blog. Hacer alguna entrada
relativa a la sorpresa que me produce que aún siga entrando por aquí y, todavía
mayor sorpresa, que la gente siga visitándolo. Por lo tanto, no se trataría
tanto de una entrada conmemorativa, tendría que ser un escrito de
agradecimiento a esos improbables lectores que todavía, de vez en cuando, se
siguen pasando por aquí; la gran mayoría de ellos supongo que de forma
accidental. Pero también a ellos debería mostrarles mi gratitud, igual que a
los improbables visitantes habituales.
Abrí el blog con
la intención de escribir más, de disciplinarme en la escritura. Por entonces,
aún andaba en la Universidad y un profesor que ejercía cierta ascendencia sobre
mi persona afirmaba aquello de que “a escribir se aprende escribiendo”. Hago
constar que la producción académica escrita del mencionado profesor ha sido, y siendo
generosos en la apreciación, escasa.
He de reconocer,
no sin cierto rubor, que, retrospectivamente, leo las primeras entradas que fui
escribiendo y, durante un tiempo (que no me atrevo a cuantificar) fui
escribiendo con cierta frecuencia (la cual tampoco me animo a cuantificar) y,
además, por lo que leído, creo que las entradas, más allá de partir en más de
una ocasión, de una pura anécdota, aguantan bastante bien. Posteriormente, la
cosa se fue haciendo cada vez más complicada: factores personales y cierta propensión
a la pereza, fueron haciendo que cada vez las entradas sean menos numerosas, se
distancie mucho más el tiempo que transcurre entre cada una de ellas y que,
además, estas se nutran mucho más de "material ajeno": citas de
libros que estoy leyendo, películas, canciones, etc. A ello, estoy en los
últimos meses, para demostrar que el blog todavía está vivo, reproduciendo
reseñas que publico en otros medios, básicamente en la revista "Ruta
66". Pero tampoco creo que esto pueda demostrar que este espacio de
Internet está vivo, más bien que se mantiene en un estado no demasiado
saludable.
Y aquí estamos
recapitulando, haciendo tanto un examen de conciencia como un vago compromiso
público por escribir más, con mayor frecuencia. Aunque es un compromiso que se
asume, al menos por el momento, sin excesivo entusiasmo. Porque, a la que acabo
de escribir estas líneas, se me aparecen otras dudas, especialmente por el
hecho de que uno también quiere encontrar el tiempo, el espacio para tratar de
escribir algo que valga la pena... Y de nuevo las preguntas... ¿Ficción?
¿Seguir refugiado en la modesta crítica cultural? ¿Pasar de esa modestia al
ensayo? ¿Atreverse de una vez por todas con la poesía?
Acabamos por
ahora, pero, disculpen las molestias, tal vez sigamos...