26 de enero de 2016

Porque los miro a los ojos. Porque miro a sus corazones


"Todavía no he estado nunca en un partido donde no haya sabido el resultado de antemano, antes de que mi equipo se haya vestido de corto, antes de que haya sonado el pitido inicial, antes de que el balón haya empezado a rodar; conozco el resultado conozco la respuesta.
Porque los miro a los ojos. Porque miro a sus corazones.
Ningún misterio. Hoy no. Ni hoy ni ningún otro día. No aquí.
Ni en sus ojos. Ni en sus corazones.
Allí no hay misterio. Solo respuestas.
En los ojos. En los corazones.
Porque en nuestros ojos y en nuestros corazones ya hemos perdido, ya estamos condenados".

David Peace, Maldito United. Traducción de Héctor Castells Albareda. Editorial Contra, Barcelona, 2015


24 de enero de 2016

Qué extraño llamarse Federico, Ettore Scola



El pasado martes falleció el director de cine italiano Ettore Scola. El pasado mes de mayo escribí estas líneas sobre su última película para Ruta 66, las cuales, con algunas mínimas modificaciones, reproduzco a continuación:

Esta última película de Ettore Scola, que toma su nombre de un poema de Garcia Lorca – recitado, en castellano, en su inicio -, se resiste a ser clasificada genéricamente: hay algo de documental, de biografía y de autobiografía, de homenaje…  Quizás lo más adecuado y justo sea decir que estamos ante un retrato de la admiración que profesó Scola por Fellini desde que lo descubriera, siendo un niño, como ilustrador y escritor en la revista satírica Marc’Aurelio, a la que el propio Scola se incorporó, finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando todavía no era más que un adolescente. Allí coincidiría no sólo con el propio Fellini, que ya había iniciado su carrera cinematográfica, sino con otros nombres que dieron lustre al cine italiano de la época tanto a nivel popular como cualitativamente: Steno, Age, Scarpelli, Ruggero Maccari…
                      
Pero aparte de ese retrato admirativo, también hay otro aspecto que se resalta en la cinta: la relación personal entre los dos cineastas, principalmente mediante sus paseos automovilísticos por la noche romana con los que el autor de La dolce vita combatía su insomnio, uno de los cuales contiene quizás el mejor momento de la película: cuando embarcan a una prostituta tan bella y optimista – le llaman “la Gioconda” porque siempre sonríe - como ingenua.

Rodada en el mítico estudio 5, dónde Fellini acostumbraba a filmar – y dónde, cómo se recuerda y recrea aquí, recibiría honores póstumos -, el firmante de La familia juega como lo hacía su amigo y mentor con la figura del narrador y el juego entre realidad y ficción en un proyecto tan personal como indica el hecho de que en  el guión del mismo colaboren las hijas del propio Scola y sean sus propios nietos los que incorporen a ambos directores en su juventud.

A destacar finalmente el homenaje a Mastroianni – tercer vértice de su triangular relación pues trabajaría con frecuencia con los dos realizadores -, así como la inclusión de las pruebas para el personaje de Casanova en la película homónima que realizaron Alberto Sordi, Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman.


23 de enero de 2016

Gil! Scott! Heron!



"(...) Yo no era tan frío en realidad, pero en los ojos de los yonquis se pueden leer muchas cosas. Y todas ellas hablaban de la extinción en vida de hombres y mujeres. Era como si la muerte pasara a hacer la visita de rigor y se fuera sin estampar en la frente de la víctima el típico aviso. Como si se llevara el alma y el corazón, pero desechara el cuerpo lacio del superviviente por no tener valor. Los ojos saltones, las mejillas hundidas, la ropa desastrada que solía esconder brazos escuchimizados, con las venas azules y llenas de pus. Las caras de tonto con las que respondían a tus miradas inquisitivas al despertar de una cabezada en una postura imposible. Todas estas cosas eran parte de la vida de la gente con la gente que tenía que relacionarme. No había forma de escapar a las caras a  las que la luz tenue les daba un aire familiar. Era innegable que se trataba de un antiguo amigo con un nombre y un motivo distintos para morir antes de tiempo".

Gil Scott-Heron, El buitre. Traducción del inglés del inglés por Antonio Vallejo Andújar. Hoja de Lata Editorial, Gijón, 2015.

Coda:


22 de enero de 2016

The end of the tour, James Ponsoldt



La gira a la que alude el título es la de promoción por parte de su autor, David Foster Wallace, de la novela La broma infinita, una obra ambiciosa de más de mil páginas de extensión, que conocerá un éxito crítico y público mayúsculo (seis reediciones en su primer mes). David Lipsky, también escritor, pasó con Wallace una semana: había convencido a la revista Rolling Stone para dedicar un reportaje al escritor con el argumento de que “hace diez años que no se entrevista a un escritor en esta revista”. Habría de pasar más tiempo aún: el reportaje no fue publicado, pero le sirvió a Lipsky para escribir un libro tras el suicidio de Wallace, que sirve de base de este film.

Así, el inicio es el conocimiento por parte de Lipsky (a quien incorpora Jesse Eisenberg) de ese hecho, lo que motivará que busque las grabaciones de las conversaciones que mantuvo con Wallace (aquí, un esforzado Jason Segel): a partir de allí, la película reconstruye aquellos días en los que convivieron ambos autores. Como punto de partida supone un reto del que James Ponsoldt y su guionista Donald Margulies saben salir relativamente bien librados, evitando convertir su obra en un mero juego de réplicas y contrarréplicas ofreciendo un ajustado retrato de la tortuosa personalidad de quien escribió Entrevistas breves con hombres repulsivos, una persona de una inteligencia y sensibilidad excepcionales, extremadamente tímido y con dificultad de manejarse en situaciones sociales “normales”. De la misma manera que Lipsky evita interrogar a su admirado homólogo sobre su presunta adicción a las drogas – para enojo del editor de Rolling Stone -, el film tampoco cae en el recurso fácil al morbo y destacan momentos anecdóticos a la par que reveladores como porque el escritor decide intercalar Foster entre David y Wallace, el momento en el que, a la llegada a la emisora de radio en la cual va a ser entrevistado, éste presenta a Lipsky como su amanuense, “el señor Boswell”, y cómo tal es saludado, antes de llegar a la noche final en la que el autor de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer  confiesa a su interlocutor que su primer intento de suicidio se debió quizás “a que llevaba una vida demasiado americana, a la convicción de que todo iría bien si hacía x, y, z”.

Nota: Un interesante retrato de David Lipsky, en el cual hay una mención a esa semana transcurrida en común, titulado “Los años perdidos y los últimos días de David Foster Wallace” se halla en el muy recomendable  volumen Conversaciones con David Foster Wallace, editado por Stephen J. Burn, publicado en España por la editorial Pálido Fuego.


1 de diciembre de 2015

Recapitulación

Otro año más se me ha escapado conmemorar el aniversario de este blog. Hacer alguna entrada relativa a la sorpresa que me produce que aún siga entrando por aquí y, todavía mayor sorpresa, que la gente siga visitándolo. Por lo tanto, no se trataría tanto de una entrada conmemorativa, tendría que ser un escrito de agradecimiento a esos improbables lectores que todavía, de vez en cuando, se siguen pasando por aquí; la gran mayoría de ellos supongo que de forma accidental. Pero también a ellos debería mostrarles mi gratitud, igual que a los improbables visitantes habituales.

Abrí el blog con la intención de escribir más, de disciplinarme en la escritura. Por entonces, aún andaba en la Universidad y un profesor que ejercía cierta ascendencia sobre mi persona afirmaba aquello de que “a escribir se aprende escribiendo”. Hago constar que la producción académica escrita del mencionado profesor ha sido, y siendo generosos en la apreciación, escasa.

He de reconocer, no sin cierto rubor, que, retrospectivamente, leo las primeras entradas que fui escribiendo y, durante un tiempo (que no me atrevo a cuantificar) fui escribiendo con cierta frecuencia (la cual tampoco me animo a cuantificar) y, además, por lo que leído, creo que las entradas, más allá de partir en más de una ocasión, de una pura anécdota, aguantan bastante bien. Posteriormente, la cosa se fue haciendo cada vez más complicada: factores personales y cierta propensión a la pereza, fueron haciendo que cada vez las entradas sean menos numerosas, se distancie mucho más el tiempo que transcurre entre cada una de ellas y que, además, estas se nutran mucho más de "material ajeno": citas de libros que estoy leyendo, películas, canciones, etc. A ello, estoy en los últimos meses, para demostrar que el blog todavía está vivo, reproduciendo reseñas que publico en otros medios, básicamente en la revista "Ruta 66". Pero tampoco creo que esto pueda demostrar que este espacio de Internet está vivo, más bien que se mantiene en un estado no demasiado saludable.

Y aquí estamos recapitulando, haciendo tanto un examen de conciencia como un vago compromiso público por escribir más, con mayor frecuencia. Aunque es un compromiso que se asume, al menos por el momento, sin excesivo entusiasmo. Porque, a la que acabo de escribir estas líneas, se me aparecen otras dudas, especialmente por el hecho de que uno también quiere encontrar el tiempo, el espacio para tratar de escribir algo que valga la pena... Y de nuevo las preguntas... ¿Ficción? ¿Seguir refugiado en la modesta crítica cultural? ¿Pasar de esa modestia al ensayo? ¿Atreverse de una vez por todas con la poesía?

Acabamos por ahora, pero, disculpen las molestias, tal vez sigamos...

8 de noviembre de 2015

La música importa



"La música importa - me dijo una vez-. La literatura popular cae en el olvido, las series de televisión caen en el olvido, y a ver si eres capaz de decirme qué películas viste en el cine hace dos años. En cambio la música perdura, incluso la música pop. Sobre todo la música pop.  Por más que desprecies Raindrops Keep Fallin' On My Head, la gente seguirá escuchando esa bobada de mierda dentro de cincuenta años."

Stephen King, Revival. Traducción de Carlos Milla Soler. Penguin Random House Grupo Editorial, Barcelona, 2015.

5 de noviembre de 2015

Demoledora definición de "sinergia", de John Lanchester


"En esencia, otra de las muchas GILIPOLLECES que circulan por ahí, pero, cuando de verdad significa algo, quiere decir fusionar dos empresas y aprovechar la oportunidad para despedir personal. Por ejemplo, si se fusionan dos empresas que fabrican productos similares, tendrán almacenes y sistemas de entrega parecidos; en consecuencia uno de los grupos de empleados perderá sus puestos de trabajo. La finalidad es reducir costes y aumentar las ganancias, aunque es algo que no suele ocurrir; está demostrado que la mayor parte de las fusiones acaban saliendo caras. En una fusión, una empresa con una cifra de negocios de 1 millón de libras y beneficios de 100.000 se añade a otra con las mismas cifras, con la esperanza de llegar a ser una empresa nueva que facture 2 millones de libras y obtenga unos beneficios que - gracias a la sinergia - ascenderán a 250.000. Así, se crea una nueva  empresa que factura 1,75 millones y con beneficios de 160.000. Eso se llama "destrucción de valor". Cuando dos empresas se fusionan, lo primero que miran los analistas a la hora de evaluar la operación es cuántos puestos de trabajo se han perdido. Cuantos más mejor. Eso es sinergia",

23 de octubre de 2015

"El misterio de la casa de los trueques", Alberto Mussa


                                                
Si no estamos equivocados, esta novela es la primera de su autor, brasileño de origen libanes, que se publica en nuestro país.

Se trata de una obra policíaca, en la que asistimos a los afanes de un policía  por desvelar el autor del crimen que tiene lugar en un curioso prostíbulo – la “casa” a la que alude el título – de Río de Janeiro en 1.913. Aunque todos los indicios apuntan a la culpabilidad de la “enfermera” que atendió al Secretario de la Presidencia antes de que este fuera hallado muerto, naturalmente no todo es tan sencillo...

El principal punto de interés es la originalidad de Mussa que añade a la trama policial una serie de hechos relativos a la historia de la ciudad de Río de Janeiro así como la descripción de leyendas y ritos brasileños importados por los esclavos desde su África de origen. También, a través de la figura del propietario del burdel hay también un recorrido por el erotismo y el comportamiento sexual de principio de siglo XX.
                                           
Estas digresiones aunque, por un lado, son fundamentales para el esclarecimiento de la autoría criminal que se persigue, acaban suponiendo un cierto lastre, al ser numerosos y detallados, al ritmo de la narración principal, lo que no impide que, en conjunto, “El misterio de la casa de los trueques” deje de ser una lectura más que interesante.


Alberto Mussa, El misterio de la casa de los trueques. Traducción de Marina Alonso. Editorial Funambulista, Madrid, 2015.


(Nota: esta reseña se publica en el número del mes de octubre (n. 330) de la revista Ruta 66)

22 de octubre de 2015

"Eden", Mia Hansen-Love

Escrita al alimón con su hermano, Sven, la última película de Mia Hansen-Love viene a ser una obra autobiofráfica sobre un disc-jockey de música electrónica apasionado por el estilo garage house, a la cual en un momento dado define como “una mezcla de euforia y melancolía”.



Y el principal acierto del film es precisamente ése, que se construya mediante fragmentos en los que coexisten una y otra emoción, aunque la que predomine, como es acostumbrado cuando una vida es examinada en retrospectiva, sea la melancolía



Realizadora joven y aún en proceso de maduración – Eden es su cuarta película -,Hansen-Love sortea tanto los excesos a los que podría tender una narración puntuada sobre raves, drogas y personajes más o menos excesivos, como el examen moral tan habitual – incluso en modernas y prestigiosas piezas - cuando se tratan temas como el de la adicción a las drogas.

La pretensión de la directora era hacer una crónica generacional, sobre el french house, movimiento en el que sobresalieron los famosos Daft Punk – sobre los que hay una recurrente broma, además de constantes referencias -, cuya carrera transcurría en paralelo a la del DJ Paul, cuya vida desde que es poco más que un quinceañero hasta que su vida se acerca a la cuarentena es la que sirve a la autora para articular acertadamente esa crónica, una crónica y una vida escritas con letra minúscula.



(Nota: esta reseña se publica en el número del mes de octubre (n. 330) de la revista Ruta 66)

Hombres cuyos ojos yo veo



"La administración colonial británica se encargó a continuación de darles una identidad, y pueden verse algunos de esos certificados en la casa de los Archivos Nacionales de Zanzíbar del barrio de Kilimani. Esas historias no resultan ni antiguas ni lejanas para quien dispone de un instrumento de precisión para medir la Historia. Yo he visto los ojos de mi abuela, la cual había visto los ojos de su abuelo. Éste vivía en El Cairo y vio con frecuencia los ojos de Lesseps, los cuales habían visto a su vez los ojos de Brazza. Todo eso ha tenido lugar en un soplo de tiempo. La trata no es una vieja historia. Hombres cuyos ojos yo veo han visto a su vez los ojos de sus abuelos, que fueron hombres encadenados".

Patrick Deville, Ecuatoria. Traducción de José Manuel Fajardo. Editorial Anagrama, Barcelona, 2015.

8 de octubre de 2015

El centro comercial



"(...) El centro comercial era un caótico edificio de dos plantas que desde fuera parecía diseñado por un especialista en fortificaciones de artillería. Era como una embajada instalada por fuerzas extranjeras en representación del país del comercio, y construida en abierta hostilidad hacia un entorno ajeno. La gente de la urbanización necesitaba los servicios que proporcionaba el centro comercial, y el país del comercio necesitaba los beneficios que obtenían de la venta de productos. En barrios más acogedores, los centros comerciales podían postularse como catedrales del consumismo, y ofrecerse para mejorar la imagen que el comprador tenía de si mismo. Ahí nada pretendía fingir que eso era otra cosa que un intercambio de bienes y dinero".

Gene Kerrigan, La furia. Traducción de Damià Alou. Sajalín editores, Barcelona, 2015

7 de octubre de 2015

Chantal Akerman (1950-2015)

(Retrato de Chantal Akerman, de Blutch para la edición del diario Libération del 26 de enero de 2012)


Siempre estaré agradecido a Chantal Akerman por su película Les Rendez-vous d'Anna, que vi en la Filmoteca de Catalunya, una de esas experiencias que, como ha dicho Todd Haynes a propósito de Jeanne Dielman, otra película de Akerman, "cambian tu manera de pensar, de ver, de concebir el cine" y, naturalmente, por cosas como esta:



Que la tierra le sea leve...

3 de octubre de 2015

"Amar, beber y cantar", Alain Resnais



Esta película de vitalista título es la que, finalmente,  servirá como un brillante colofón a la extraordinaria carrera cinematográfica de Alain Resnais, cineasta que se mantenía activo rebasados los noventa años de edad.

Una carrera que se inició en la década de los años cincuenta del siglo pasado con cortometrajes sobre Van Gogh, Gauguin o el Guernica de Picasso o un estremecedor cortometraje documental – en el que colaboró con el gran Chris Marker - sobre los campos de concentración nazis. Más tarde, en su paso al largometraje, Resnais inició su andadura colaborando con autores como Marguerite Duras o Alain Robbe-Grillet, pero que con el tiempo, mediada la década de los años ochenta, adaptará otro tipo de obras – sólo en apariencia – más leves, casi vodevilescas, como esta pieza teatral de Alan Ayckbourn, a quien ya había adaptado en dos films anteriores.

Lejos de evitar toda referencia al origen teatral del material, el autor de Muriel lo refuerza mediante el uso de telones y fondos dibujados, obra del dibujante de comics – otra gran pasión de Resnais – Blutch, responsable así mismo del extraordinario cartel del film, y del diseñador de producción, Jacques Saulnier, pero también a través de la interpretación de los actores – algunos de ellos como Sabine Azéma o André Dussollier, cómplices de larga trayectoria – siempre bordeando la sobreactuación, puntuado todo ello por la música de Mark Snow.

La cinta se cierra con los personajes presentado sus respetos al ataúd del amigo – protagonista ausente, como el Godot de Beckett, de la obra -, destacando su carácter juvenil y su vitalismo. El espectáculo debe continuar, dicen.


(Nota: esta reseña se publica en el número del mes de octubre (n. 330) de la revista Ruta 66)

26 de septiembre de 2015

El presente


"(...) Eso es, por lo demás, lo que nos explicaba aquel filósofo que nos encontramos una noche en Denfert-Rocherau. Decía:

'El presente está siempre lleno de incertidumbres, ¿eh? Os preguntáis angustiados lo que será vuestro futuro, ¿eh? Y luego el tiempo pasa y ese futuro se convierte en pasado, ¿eh?'

Y, según hablaba, iba puntuando las frases con ese relincho cada vez más doloroso."

Patrick Modiano, El horizonte. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Editorial Anagrama, Barcelona, 2010.

11 de septiembre de 2015

El marciano



"Puede que te preguntes que más hago en mi tiempo libre. Paso mucho tiempo sentado perezosamente mirando la tele. Pero tú también, así que no me juzgues".

Andy Weir, El marciano. Traducción de Javier Guerrero. Ediciones B, Barcelona, 2014.

7 de septiembre de 2015

Maigret



"No se tomaba por un superhombre, ni se creía infalible. Antes al contrario, empezaba sus investigaciones, incluso las más sencillas, con una especie de humildad.

Desconfiaba de la evidencia, de los juicios apresurados. Pacientemente, se esforzaba por comprender, no ignorando que los móviles más aparentes no siempre son los más profundos.

Aunque no tenía una idea muy alta de los hombres y de sus posibilidades, continuaba creyendo en el hombre.

Buscaba sus puntos débiles. Y, cuando ponía el dedo sobre uno, no cantaba victoria, sino que, al contrario, sentía un cierto abatimiento.

Desde la víspera, sentía que había perdido pie, pues se había encontrado, sin preparación, frente a gente de las que no sospechaba ni siquiera la existencia. Todas sus actitudes, sus propósitos, sus reacciones, le eran extraños y se esforzaba vanamente por clasificarlos en una categoría.

Sentía necesidad de amarlos, incluso a aquella Jaquette que, sin embargo, le ponía fuera de sí".

Georges Simenon, Maigret y los ancianos. Traducción de Jesús López Pacheco. Editorial Luis de Caralt, Barcelona, 1962.

4 de septiembre de 2015

Aylan

Disculpen las molestias, pero hay ocasiones en las que la actualidad nos interpela, no podemos escapar de ella. Disculpen también porque esta entrada la voy a tratar de escribir del tirón, sin edición ni añadiendo enlaces, por lo que su lectura puede resultar deslavazada y con - espero que no demasiados, errores tipográficos, ortográficos y gramaticales.

Ya saben sobre qué voy a hablarles. Aunque hayan tratado como yo de evitar estos útimos días, estas últimas horas, los telediarios, las portadas de los diarios o las redes sociales, estoy seguro que han visto la foto del cadáver del pequeño Aylan Kurdi, de sólo 3 años, en la orilla de una playa turca. Un niño, bien vestido, yace en una posición en la que que no por inverosímil, muchos niños de esa edad pueden dormir de puro cansancio. Fallecieron junto a él, un hermano un poco mayor y su madre, condenados al anonimato. Su padre, que únicamente quiere regresar a su lugar de origen a enterrar a su familia, explica desde la portada de un diario: "se me escaparon de las manos". Probablemente, también hayan visto alguna otra foto de Aylan, vivo junto a su hermano o en solitario, imágenes que incluso ahora puedan llegar a conmover más que la primera, la que motiva estas líneas.

Soy padre de un niño que recién acaba de cumplir los seis años. Precisamente, desde su nacimiento he ido constatando como me he sensibilizado mucho más a los sufrimientos de los pequeños. No es que antes me resultaran indiferentes - siempre tengo en el recuerdo por ejemplo, una imagen de una madre ante el cadaver de su hijo que perdió la vida mientras jugaba en una ciudad de Irak por la explosión accidental de una bomba -, por supuesto, sino que ahora me calan emocionalmente de un modo que antes no lo hacían: la(s) foto(s) de Aylan, como en otras ocasiones alguna de un pequeño enfermo, la noticia de cuatros niños de Tarragona, muertos en un incendio, etc., no se me van de la cabeza, me causan un malestar casi físico, insomnio o incluso pérdida de apetito.

Supongo que esa es la razón por la que los medios y personas bienintencionadas difundieron esas fotos: no creo que mi caso sea único y gran parte de la población socialmente activa que cuenta entre veinte tantos y cuarenta y tanto años son padres más o menos recientes y la conmoción que les puede provocar esas imágenes tal vez pueda llevar a presionar a sus gobiernos o a colaborar con diferentes ONG que trabajan con los refugiados sirios. No es una cosa reciente, en "La lentitud", Milan Kundera se pregunta porque la prensa sólo ofrecían imágenes de niños durante una crisis de hambruna en África: ¿acaso los adultos no morían de hambre también? Precisamente uno de los recuerdos de la infancia más precisos que tengo es el de ver a mi padre llorando mientras veíamos en el imágenes de alguna catástrofe humanitaria reunidos comiendo en la mesa.

Pero no es de eso de lo que quería hablarles, la verdad. Tampoco tengo muy claro, les tengo que reconocer, cual es el objetivo de escribir todo esto. Ayer me venía a la memoria, d manera recurrente, el momento en "Días de radio" de Woody Allen, en el que la familia protagonista se apiña ante la radio para seguir la retransmisión en directo del rescate de un niño que ha caído a un pozo: finalmente es rescatado, pero quien transmite se da cuenta de que cuando llega a la superficie, el crío está muerto. El padre de la familia, por toda respuesta, abraza más fuerte a su hijo que ha seguido la retransmisión en su regazo. Pues bien, yo ayer, llamé a mi hijo a casa de mi suegra, donde está mientras sus padres trabajamos y hubiera querido hablar con él por el teléfono hasta que llegara el momento de ir a recogerlo...

Ahora se hace claro que la motivación de estas líneas es más bien egoista, que sea mi hijo y no Aylan. Sí y no. Creo que mi hijo no ha visto - o no ha reparado en ella - la imagen del cadaver de Aylan en la playa. Si la hubiese visto, es posible que me hubiese preguntado, y estas líneas son la respuesta a esa pregunta no formulada. Toda muerte de un niño, por la causa que sea, es cruel, es injusta. Alguna, como por ejemplo una enfermedad, tiene su explicación. Otras, como la del niño sirio, no o es complicada.

A riesgo de caer en la autoayuda, creo que las catástrofes como la de Siria o las crisis africanas son incomprensibles, y no sólo para un niño pequeño: un laberinto de intereses cruzados en los que la ciudadanía afectada no son más que trágicos y desesperados peones en un tablero infernal.

Decía Schopenauer que lo que nos conmueve y nos lleva a dar limosna a un mendigo es el hecho de que nos imaginamos que podemos estar en su situación. Y tal vez sea cierto: en el momento en que nos encontramos parece que sólo unos pocos en el planeta pueden estar convencidos de que su suerte no podrá ser la de la familia de Aylan. Otros, creo que muchos, si que nos ponemos en la piel de esa familia y de la de otras familias en Siria o en otros países en conflicto y de su deseo de ofrece a sus familias - y especialmente a sus hijos - un futuro mejor, aunque para conseguirlo sea necesario correr riesgos.

Acabo ya. No hay explicación posible, hay situaciones que no tienen ningún sentido y, en abstracto, es posible que no la vida no tenga ningún sentido, me imagino respondiendo a mi hijo. Lo único que podemos hacer es tratar de dar algún sentido a nuestra existencia, disfrutando en lo que podamos de nuestra familia y nuestros amigos, cultivando nuestras aficiones, dedicando tiempo a aquello que nos parece importante - aunque a otros no se lo parezca - y tratando de hacer el bien durante nuestra andadura. Hagamos eso, concluiría, también como un acto de justicia poética con todos los Aylan que han sido, son y serán y que apenas si pudieron dar unos pocos y balbuceantes pasos sobre la faz de la tierra.



6 de agosto de 2015

Se oía vivir a sí mismo



"Hasta entonces, Burnaby había ejercido un pleno control de sus flirteos: había que calmar a la chica, nerviosa ante el vasto uniforme que tenía delante. Ahora las cosas eran al revés, lo cual le dejaba perplejo y le excitaba a la vez. No había que andarse con rodeos para concertar una cita. Él la pedía y ella se la daba. A veces se veían en el teatro, a veces él iba derecho a la rue Fortuny, un lugar que - ahora que tenía tiempo para examinarlo - se le antojaba mitad mansión, mitad estudio de artista. Había paredes tapizadas de terciopelo, loros encaramados sobre bustos, jarrones tan grandes como garitas de guardia y tantas plantas erguidas y fláccidas como en el Jardín Botánico de Kew. Y entre semejante derroche y alarde había las cosas sencillas que el corazón deseaba: comida, cama, sueño y desayuno. Un hombre apenas se atrevía a pedir más. Se oía vivir a sí mismo".

Julian Barnes, Niveles de vida. Traducción del inglés de Jaime Zulaika. Editorial Anagrama, Barcelona, 2014.

1 de agosto de 2015

Ojalá



"Ojalá Kitaru lleve una vida feliz en Denver, o en cualquier otra ciudad lejana. Si eso de ser feliz es pedir demasiado, ojalá viva al menos el presente con salud y sin carencias. Porque nadie sabe con qué soñaremos mañana".

Haruki Murakami, Hombres sin mujeres, Traducción del japonés de Gabriel Álvarez Martínez. Editorial Tusquets, Barcelona, 2015