5 de enero de 2015

Thomas Pynchon, Al límite


"¿Te has fijado - prosigue Heidi - en cómo la programación de "realidad" ha llenado de repente todos los canales por cable, como mierda de perro? Claro que así los productores no tienen no tienen que pagar la escala salarial de los actores reales. Pero, espera, ¡aún hay más! Alguien necesita que esta nación de mirones pasmados al fin ha espabilado, que todos se han curtido y están a la altura de la condición humana, que se han liberado por fin de las ficciones que los llevaban por mal camino, como si prestar atención a vidas inventadas fuera una forma de abuso de drogas malignas que el desmoronamiento de las torres ha curado al meterles de nuevo el miedo en el cuerpo a todos, sin excepción. Y, a propósito, ¿qué pasa en la otra habitación?"

Thomas Pynchon, Al límite. Traducción de Vicente Campos González. Tusquets Editores, Barcelona, 2014

1 de enero de 2015

20 de noviembre de 2014

Jo Nesbo, El leopardo

“Personalmente pienso que la capacidad de asesinar es fundamental en todo hombre. Nuestra existencia es una lucha por las cosas buenas, y aquel que no es capaz de matar a su prójimo no tiene derecho a existir. Matar es, pese a todo, anticipar lo inevitable. La muerte no hace excepciones, y mejor así, porque la vida es dolor y sufrimiento. Visto de ese modo, toda muerte es un acto de compasión.”

Jo Nesbo, El Leopardo. Traducción de Ada Berntsen y Carmen Montes Cano. Roja y Negra, Barcelona, 2014

16 de octubre de 2014

14 de octubre de 2014

César Aira, Continuación de ideas diversas



"Cómo me gustaría escribir una novela policial que se llame La monja asesina. Habría un homicidio, la investigación correría a cargo de un perspicaz detective, el grupo de posibles culpables incluiría a la esposa del muerto, a su amante, al hijo que no sabía que era su hijo, al socio, al cuñado policía y, la menos sospechosa, una monjita que recibía donaciones de caridad del difunto. Al final se descubre que, contra toda apariencia, la asesina era la monja. Fin. El lector no lo podría creer. Se quedaría mirando la última página después de leer la última línea, con la boca abierta, atónito, perplejo, sin entender nada. Trataría de encontrar alguna respuesta en las solapas, en la contratapa, hasta en el número del ISBN del libro, algún dato sobre el autor que explique esto,  y después volvería a ver la ilustración de la tapa, en la que un hábil dibujante, siguiendo mis precisas instrucciones, habría representado a la monjita vertiendo el arsénico en la taza de té, con una sonrisa malévola en el rostro ya despojado de la máscara de dulzura y sumisión con la que transitó las doscientas páginas de la novela hasta el desenlace y revelación. El lector exclamaría "¡No puede ser! ¿Será una broma?." No se explicaría como la editorial pudo consentir en algo semejante. Evidentemente el autor ha hecho valer su prestigio, porque a un desconocido jamás se lo permitirían... Terminaría poniéndolo en la cuenta de mis vanguardismos".

César Aira, Continuación de ideas diversas. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2014.

Escuchando...

13 de agosto de 2014

2 de agosto de 2014

2 de agosto de 1914

"2 de agosto. Alemania ha declarado la guerra a Rusia. - Tarde, escuela de natación" 
Franz Kafka, Diarios.

Más.

1 de agosto de 2014

¿Quién no ha pensado esto alguna vez?

"Volví a dejar el vaso en la mesa y apagué el cigarrillo. De todos sentimientos por aquellas personas con las que había pasado varias horas no quedaba nada. Podrían haberse muerto todas en un incendio, sin que me hubiera compadecido de niguna. Ésa era una regla en mi vida. Cuando estaba con otras personas me sentía atado a ellas, la proximidad que experimentaba con ellas era inaudita, la identificación con ellas grande. Tan grande que su bienestar siempre era más importante que el mío propio. Me subordinaba casi hasta el límite de la abnegación; por algún mecanismo interior irrefrenable anteponía lo que ellos pudieran opinar y pensar a mis propios pensamientos y sentimientos. Pero en el momento en el que me quedaba solo, los otros ya no significaban nada para mí. Eso no quería decir que los despreciara o los aborreciera, al contrario, la mayoría me gustaba, y en aquellas personas que no me gustaban mucho siempre encontraba algo valioso, alguna cualidad con la que yo podía simpatizar, o al menos considerar interesante, y que en ese momento podía ocupar mis pensamientos. Pero el que me gustaran no significaba que me preocupara por ellas. Lo que me ataba era la situación social, no las personas que se encontraban dentro de ella. Entre esas dos perspectivas no había nada. Sólo estaba aquello pequeño, abnegado, y aquello grande, que creaba distancia. Y la vida cotidiana se desarrollaba entremedias. Quizá por eso me resultaba tan difícil vivirla.  La vida diaria con sus obligaciones y rutinas era algo que soportaba, no algo que me hiciera feliz, nada que tuviera sentido. No se trataba de falta de ganas de fregar suelos o cambiar pañales, sino de algo más fundamental, de que no era capaz de sentir el valor de lo cercano, sino que siempre añoraba estar en otro sitio, siempre deseaba alejarme de lo cotidiano, y siempre lo había hecho. De manera que la vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, ésa era lucha que libraba, porque queria, pero no lo conseguía, la añoranza de algo dfiferente minaba por completo todo lo que hacía."

Karl Ove Knausgard , Un hombre enamorado. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Editorial Anagrama, 2014.

31 de julio de 2014

Jenn Díaz, Es un decir



"Lo que yo quería era enamorarme de Tico, darnos besos y caricias, hablarnos con ternura y discutir, ser una bruta y él estar ahí, quieto, de esa manera que están quietos los que tienen miedo, de malas maneras; que él chupara la piedra y a lo mejor nos la pasáramos, como decía por ahí que se hacía con los chicles o los caramelos, que a mí me parecía una guarrada, pero Tico era limpio y nos podíamos pasar la piedra, más siendo una piedra del río, que es tan sano para todo.

Pensaba en aquello y a veces me gustaba y otras me horrorizaba, por eso algunas tardes me quedaba encerrada en mi casa fingiendo que me encontraba mal y lo hacía a propósito, para... no sé, para hacerle daño o algo así. Yo era una bruta y aunque después Tico siempre me perdonaba, al final me cansé de tanta bondad, porque la gente buena casi siempre cansa, qué pena, y las mujeres, qué pena, y la pena siempre acechando. Fue entonces cuando dejé a Tico, porque si hay algo que no soporto es la lástima".

Jenn Díaz, Es un decir. Lumen, Barcelona, 2014.

30 de julio de 2014

Edward St. Aubyn, El padre


"Durante el almuerzo David tuvo la impresión de que quizá hubiera llevado demasiado lejos su desdén por la mojigatería de la clase media. Ni siquiera en el bar del Calvary and Guards Club podía alardearse del incesto pedófilo homosexual con la confianza de obtener una acogida favorable. ¿A quién podía contarle que había violado a su hijo de cinco años? No se le ocurría ni una sola persona que no prefiriese cambiar de tema (y algunas reaccionarían mucho peor). La experiencia en sí había resultado breve y brutal, pero no del todo desagradable. Sonrió a Yvette, le dijo lo hambriento que estaba y se sirvió una brocheta de cordero con habichuelas verdes.
- Monsieur se ha pasado la mañana tocando el piano.
- Y jugando con Patríck - añadió David, piadosamente.
Yvette comentó que a esa edad eran agotadores.
- ¡Agotadores! - convino David.
Yvette salió de la habitación y David se sirvió otra copa de Romanée - Conti que había sacado de la bodega para cenar pero luego había decidido beberse a solas. Siempre quedaban más botellas, y aquella maridaba muy bien con el cordero. "Solo lo mejor; si no, nada": era el código que regía su vida, siempre y cuando el "nada" no tuviera lugar. No cabía duda, era un sensualista, y no por este último episodio, no había hecho nada que implicara un riesgo médico, solo se había frotado un poco entre las nalgas, nada que no fuera a ocurrirle al chico en la escuela a su debido tiempo. Si había cometido algún delito, era aplicarse demasiado en la educación de su hijo. Era consciente de que ya tenía sesenta años, le quedaba mucho que enseñarle y muy poco tiempo".

Edward St Aubyn, El padre (La novelas de Patrick Melrose). Traducción de Crus Rodríguez Juiz. Random House Mondadori, Barcelona, 2013.  

24 de julio de 2014

Preferencia por el no-hacer


"Es evidente que para un occidental todo esto puede sonar muy cómodo y hasta irreal. Pero nada más lejos de la realidad: permanecer donde a uno le corresponde no es tarea fácil; ir solo a donde realmente se nos llama es más complicado de lo que parece a primera vista. Si somos sinceros, reconoceremos que pocas personas son las que nos han ayudado de verdad, si bien son muchas las que lo han intentado (o dicen haberlo intentado). En el zen no se intenta nada: se hace o no se hace, pero no se intenta. Y hay en el zen - como en el taoísmo en general - una singular preferencia por el no-hacer, convencido como está de que buena parte de las cosas en este mundo funcionaría mejor sin la intervención humana, que tiende a violentar su ritmo natural o a crear efectos secundarios de incalculables proporciones.

Lo gracioso - por no decir patético - es que el hombre está montado en la vida y pretende salir ileso de ella. Tal pretensión de chapotear en el barro sin embarrarse es, ciertamente, ilusoria. Y es que cuanto más intentamos evitar los embates de la vida, tanto más se empeña esta en que nos percatemos de lo que es o puede llegar a ser".


22 de julio de 2014

Declaración de principios


"Lo inventado no tiene ningún valor, lo documentado no tiene ningún valor. Lo único que para mí seguía teniendo valor y todavía tenía sentido eran los diarios y los ensayos, la parte de la literatura que no es narración, que no trata de nada, sino que sólo consta de una voz, la voz de la propia personalidad, una vida un rostro, una mirada con la que uno podía encontrarse. ¿Qué es una obra de arte sino la mirada de otro ser humano? No por encima de nosotros, ni tampoco por debajo de nosotros, sino justo a la altura de nuestra propia mirada. El arte no se puede vivir colectivamente, el arte es eso con lo que uno se encuentra a solas. Uno se encuentra a solas con esa mirada".

Karl Ove Knausgard , Un hombre enamorado. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Editorial Anagrama, 2014.

20 de junio de 2014

Julien Green, París


"Para un novelista, toda existencia, incluso la más simple, conserva su irritante misterio, y la suma de todos los secretos que contiene una ciudad tiene algo que unas veces le estimula y otras le abruma. ¡Qué enorme despilfarro de situaciones, de palabras, de imprevistos, de personajes, de escenificaciones! ¿Cómo no sentirse impresionado frente a semejante competencia? No es posible copiar. Sólo los incompetentes y los necios copian. No, es preciso hacerlo igual de bien, si se puede, con medios que sean nuestros. Entonces comienza el extraño suplicio de la página en blanco, en la que hay que abrir una ventana que no sea la que he visto hace un instante, pero cuyo realismo resulte igualmente categórico".

Julien Green, Paris. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2005.